La puta vuelta de los cojones

(Hechos acontecidos en septiembre del 2015, rescatado de mis documentos).
No soy una persona con suerte, eso no es ningún secreto para nadie. Aunque también existe gente que habla de que atraigo la mala suerte. Supongo que esa es una de las cosas por las que odio a la humanidad. Y si alguien más se atreve a decir que atraigo la mala suerte creo que va a atraer una hostia hacia su cara. Como he nacido marcada, maldita, con cupones infinitos de mala pata, soy resistente. No obstante, hasta la gota más pequeña puede colmar un vaso -por muy grande que sea ese vaso-. 
El viaje Gran Canaria – Salamanca (y viceversa) es una de las cosas más tediosas que existen. Dura unas seis horas si tengo un mínimo de suerte (que no, no la tengo). Debo estar un rato antes en el aeropuerto y esperar una cola inmensa para facturar una maleta, mientras rezo para que esta no pese más de lo necesario. Si tiene sobrepeso, me quitan un riñón, un pulmón y un trocito de hígado. Al parecer, ese peso de más desestabiliza el avión. A no ser que pagues, si pagas ya el avión va fenomenal. Un avión funciona con billetes de cien euros. Básicamente consiste en ir tirándolos por todos lados y ya vuela sin ningún tipo de problema.

Algún día me tiraré billetes a mí misma y podré volar. Es la magia de los billetes. Después de facturar y de que la maleta haya pasado la prueba de fuego, tengo que pasarla yo también por el detector de metales. Ese sitio horrible donde intento poner cara de inocencia consiguiendo todo lo contrario. Es extraño porque no tengo nada que ocultar ni acostumbro a delinquir pero el simple hecho de pasar por ahí me pone enferma. Y seguro que atraigo tener cara de terrorista. Además de menor, porque no hay nadie que apueste a que tengo más de 15 años. Si llevo algo que no sean sandalias o zapatillas me las tengo que quitar, también las joyas -y es por ello que no llevo ni reloj-. Por supuesto, el ordenador debe ir en una bandeja solo porque mi portátil lleno de fotos de Hugh Jackman y música denigrante de los 40 principales es sumamente peligroso. Si no pita, respiro. Si pita, me cachea una señora random. Aunque antes me pregunta, ¿pero eres mayor de edad? Sí señora, sí.

Cuando por fin paso el detector de metales, compro agua y cargo el bolso de mano un poco más. Ese bolso lleva tantas cosas que pesa más que la propia maleta. Lleva libros, la cartera, el portátil, un bocadillo, smint, kleenex, el móvil, el cargador, el Kindle… Veo que el vuelo está retrasado, unos veinticinco minutos e ntento con toda la fuerza de mi corazón no hacer el drama. La gente que me conoce sabe que eso es muy difícil. Como el avión es grande, me comentan que aún con el retraso, llegará más o menos a la hora estimada. El viaje en avión es incómodo, muy incómodo. La comida da pena esté donde esté. Si voy en primera clase me acosan con zumo, agua, comida gratis y mil parafernalias más. Si voy en segunda, aunque mido 1,55 y peso solo 42 kilos estoy apretujada cual sardina en lata. ¡Y eso que soy pequeña! Una persona normal lo pasará mucho peor, y una más grande llorará internamente -o externamente- durante todo el vuelo. Si me toca un niño ya ni hablamos, adoro a los niños pero, ¿POR QUÉ? Por qué siempre en todos, absolutamente todos los vuelos, está el típico bebé que no para de llorar como si lo estuviesen matando. Por qué. Por qué. Por qué. 
Como bien me comentaron, el vuelo llegó más o menos a la misma hora prevista (creo que cinco minutos más tarde). Y aquí empieza el maldito salseo. Llevo cinco años cogiendo vuelos en puentes, en Navidad, en verano, en Semana Santa, en carnavales, en mi cumpleaños… Y siempre, SIEMPRE, las maletas en Barajas tardan mínimo cuarenta y cinco minutos en salir. A veces tardo incluso más esperando la maleta que volando. Creo que llegué a las 14:05 (aproximadamente) rezando por la salida de mi maleta. Oh mi maleta, podría escribir mucho sobre ella. No es por presumir, pero creo que así la historia se entiende mejor. Es una maleta cara, snob para entendernos. Con un color entre rosa oscuro y morado. Tamaño medio, de tela y con un fondo impresionante. Tiene cuatro ruedas pero a duras penas puede andar así, solo funciona si la arrastro. No me importaría -al menos no demasiado- esperar una hora por mi maleta si no fuese porque tengo un autobús pendiente. Sí, no me preguntéis por qué, pero aunque somos muchísimos estudiantes los que cogemos el autobús directo del aeropuerto a Salamanca, hay muy pocos. Una gran incógnita. Siempre está el pobrecito que espera tener hueco en el de las tres o en el de las cinco y le explican que está todo lleno. Digo yo, llamadme loca, que hay bastante demanda de autobuses directos a Salamanca desde el aeropuerto de Madrid. ¿Costaría muchísimo poner uno a las 15:30? ¿A las 16:00? ¿Sería tan terrible? Y sobre todo, ¿sería posible? ¿O es todo una fantasía en un universo paralelo mágico lleno de unicornios escupe arco iris? 
Bueno, que me lío. Las maletas tardaron en salir, por supuesto, eso no es ninguna novedad. Aún si la mía saliese a las 14:45 podría correr -cual loca por cierto- a por mi autobús. Lo he hecho varias veces, mi maleta nunca ha salido a las 14:30 (¿es que la de alguien ha salido a esa hora alguna vez? Si es así, ¿qué se siente? ¿Suena música celestial tocada por ángeles?). Miraba los minutos pasar como una lenta tortura en mi móvil, cada segundo era un puñal que se clavaba en lo más hondo de mi ser. Mi cara tenía que ser un poema observando el reloj mientras me corría el sudor por todo el cuerpo. En uno de mis momentos más desesperados, esos en los que incluso crees en la jodida magia y que serás el próximo Harry Potter, me concentré en que mi maleta saliese. En serio, lo hice. En plan telequinesia o vete tú a saber qué. 
Ahí también tendría que tener una cara brutal concentrándome y mirando fijamente a la puertecita pequeña por donde salen las maletas. Era una mezcla entre Hermione Granger y Hulk. Aún con todos mis esfuerzos y mi cerebro pensando WTF qué carajos estás haciendo la maleta no salía. Esperé y me cagué en todo lo cagable (¿esa palabra está aprobada por la RAE?). Al final, mi maleta salió exactamente (os recuerdo que estaba mirando fijamente el reloj de mi móvil) a las 14:52. 
Los 100 metros lisos jamás habían sido tan emocionantes. Corrí como una loca por el aeropuerto con mi maleta de 18 kilos siendo arrastrada (porque ella no admite ir en cuatro ruedas, eso es denigrante). Se me iban cayendo las gafas, el bolso me estaba seccionando el brazo izquierdo de cuajo y la mano derecha me ardía como si la hubiese metido en agua hirviendo. Si hubiese estado en un desierto con polvorones en una cantimplora tendría la garganta menos seca que en ese momento. En mi mente, por supuesto, seguía cagándome en todo. Si lo que no te mata te hace más fuerte yo me he convertido en Ironman. Veía los relojes grandes, blancos y redondos colgados del techo del aeropuerto mientras corría, aún marcaban las 14:55 (más o menos, no lo sé con exactitud porque son analógicos y yo no iba mirando el móvil, ¡porque perdería un tiempo muy valioso que necesitaba para correr!). Me iba acercando a mi lugar de destino atropellando gente -si alguno me está leyendo, que perdone a la desquiciada de la maleta rosa/morada/pija/snob que iba gritando ¡apartad!. En mi cabeza llegué a pensar lo voy a conseguir. Probablemente por esa locura horrible que los medios (y mucha gente) quiere inculcarme: SÉ POSITIVA. Desde aquí, un pedo en la cara a todas esas personas. 
Me habéis hecho exactamente lo mismo que Disney con la concepción del amor verdadero y el maldito príncipe azul. Salí del aeropuerto y crucé a toda prisa el paso de peatones rezando (me pasé medio viaje hablando con todos los santos) para que no me atropellase ningún taxi, hasta donde estaba el autobús (justo al final del maldito aeropuerto, en serio, ¿quién fue el arquitecto?). Y entonces lo vi, mi autobús, el número 2, yéndose. Un solo minuto más y habría llegado -sin dignidad, pero qué cojones, habría llegado-. Grité e hice señas pero el conductor no me vio (o no quiso verme, aunque quiero pensar lo primero). Miré el móvil, eran las 15:01. También mi cara fue un poema en ese momento, del color de una remolacha de la ira que tenía en el cuerpo. Hasta los cuerpos más pequeños pueden almacenar una cantidad de odio inimaginable. 
Me senté en un banco de piedra -sin respaldo, cabrones- sin darle una patada o un puñetazo a nada, porque ya me había jodido varias veces alguna extremidad dándole patadas a cosas inanimadas. Definitivamente necesito algo más blando. Igualmente, entré en el aparcamiento de autobuses a ver si el mío estaba repetido, duplicado, clonado. Mi cerebro hoy estaba flipando. Cualquier cosa aunque fuese remotamente imposible me valía. Nada, mi autobús había salido. Nadie me devolvió mi dinero. La compañía de autobús no se hace responsable del retraso del avión, la propia aerolínea no se hace responsable, y nadie se responsabiliza tampoco de que las maletas tarden varios eones en salir. La culpa es de Pepito. Así que aquí estoy, escribiendo mientras un señor extraño me mira también con cara extraña. 
Y si alguno opina que quejarse es una pérdida de tiempo deseo que sepa que si no hubiese escrito este párrafo con mucha probabilidad le habría pegado un puñetazo a alguien en la cara y ahora estaría en comisaría. Que dios bendiga quejarse, no hay nada mejor. Saluditos a todos de la mayor reina del drama y una jodida pesimista a mucha honra. Os dejo, voy a pensar en millones de euros a ver si los atraigo y de paso hago volar mejor a los aviones.
María
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7 pensamientos en “La puta vuelta de los cojones

  1. Tienes mala suerte pero, aunque mal de muchos consuelo de tontos, me sumo al carro y nos quejamos juntas.
    Di que sí, que quejarse es muy sano y siempre es mejor que darle un puñetazo en la cara al primero que pase por delante(que probablemente también haya tenido un día de meirda).

    Un saludo.

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