Fragmento de El amor de mi vida, Rosa Montero

Hablando sobre La regenta:
En la historia de la literatura destaca un formidable trío de damas; son tres curiosas, intensas y trágicas mujeres que ejemplifican, tal vez mejor que ningún otro personaje ficticio de la época, lo que fue el siglo XIX. Estoy hablando de Madame Bovary (Flaubert, 1857), Anna Karénina (Tolstói, 1875-1877) y Ana Ozores, <> (Leopoldo Alas, <>, 1884-1885); todas bellas y burguesas; todas casadas y adúlteras; todas prisioneras de un destino tan estrecho como una tumba. Son personas inquietas, inteligentes y sensibles, tan llenas de deseos y de sueños como cualquier humano. Pero son mujeres, y por ello están obligadas a no ser nada; el prejuicio social las condena a la pasividad, a la imposibilidad, a la inexistencia. Ni que decir tiene que las tres novelas terminan fatal.
No es de extrañar que tres autores procedentes de mundos tan distintos coincidieran en unos argumentos tan parecidos. El tema estaba ahí, monumental, latiendo bajo la superficie las cosas. Me refiero al drama de esas damas que, en la segunda mitad del siglo XIX, vivían en el peor de los mundos posibles: habían perdido el antiguo lugar doméstico de la mujer y no habían conquistado ningún espacio nuevo. Porque antaño la mujer por lo menos cocinaba, y fabricaba conservas y jabón, y sabía cómo curar las enfermedades de la familia, y educaba a los niños, y confeccionaba la ropa y los zapatos de todos. Pero en el moderno y urbano siglo XIX, el jabón y los zapatos se compraban en las tiendas, el médico (por supuesto, varón) se había hecho cargo oficial de la salud, y las comidas habían pasado a ser responsabilidad de la servidumbre. 
Envuelta en crujientes e inacabables capas de tela, cruelmente cinchada por los corsés y apretujada entre sus ballenas como un reo entre los hierros de sus grilletes, la mujer burguesa de finales de siglo no tenía absolutamente nada que hacer. Nadie esperaba nada de ella: ni una decisión, ni un acto, ni una simple opinión. No es de extrañar que nunca hubiera una mujer más enferma en toda la historia de la humanidad: ahogos, vacíos, sofocos. La primera epidemia de anorexia, así como las histéricas de Freud, con su espectacular sintomatología de cegueras y parálisis, procede de entonces: de toda esa capacidad y de esa impotencia.
Porque esas mujeres finiseculares sabían que podían. Sabían que tenían tanta alma y tanto corazón como cualquier hombre. En definitiva, tanto derecho como ellos a ser felices. Todo esto lo habían aprendido en los libros: porque los libros terminaron liberando a la mujer. Después de que la imprenta abaratara y facilitara el acceso al conocimiento, ya no importó tanto que se les siguiera prohibiendo a las mujeres el acceso a las universidades, porque las lecturas eran las ventanas por las que entraba el conocimiento. A finales de siglo, las mujeres burguesas eran muy leídas. Eso ampliaba su tragedia. 
Por eso no es casual que nuestras tres heroínas sean mujeres a las que las muchas lecturas <>. De sueños locos, quieren decir los autores con esta frase: pero es que los pájaros vuelan y son libres. Ninguna de las tres hubiera podido estudiar formalmente: las discriminaciones y las prohibiciones académicas duraron hasta bien entrado el siglo XX. 
Que las mujeres tuvieran prohibida la educación, por otra parte, no es más que una elocuente muestra de las muchas otras discriminaciones que sufrían. Tampoco podían votar (el sufragio universal no llegó hasta casi mediado el siglo XX), ni trabajar prácticamente en nada, y ni siquiera estaba bien visto que viajaran solas… Aprisionada en la estrecha, cruel y estúpida norma del prejuicio, media humanidad se agitaba y empujaba intentando liberarse, con un lamento poderoso de ballena aún sumergida. Esa presión colosal, y ese lamento, es lo que perciben Flaubert, y Tolstói, y Clarín. De ahí la coincidencia de sus heroínas. […]
En cuanto a la mujer, sin embargo, y después de haber escrito uno de los libros más profundamente feministas y estremecedores de la historia de la literatura, Clarín fue derivando a posiciones cada vez más reaccionarias. Y así, años después de publicar su espléndida novela, reconocía en un articulo que había mujeres con talento, <>. También sostuvo que el cerebro era peligroso en las mujeres porque las <>, y que <>; y arremetió <>.
Si reseño todos estos disparates (hubo muchos más), no es para criticar a Clarín, sino más bien para dar una idea de la cerrazón mental de aquella sociedad con respecto a las mujeres. Si incluso las personas más inteligentes, sensibles y progresistas llegaban a sostener majaderías semejantes (hasta el punto de tomar a risa, como si no fuera ni digna de pensarse, la obvia reivindicación de la igualdad jurídica), es de imaginar el asfixiante y aterrador ambiente en el que tuvieron que vivir nuestras tatarabuelas. Y es justamente ese mundo injusto y ciego el que destruye a Karénina, a Bovary, a la hermosa Ana Ozores. […]
Porque, para Ana Ozores, el amor ha de ser absoluto. Cosa que también comparten Anna Karénina y Madame Bovary: las tres heroínas deifican el amor. En esto demuestran ser hijas de la segunda mitad del siglo XIX: eran los años de la muerte de los dioses, y los humanos buscaban otros valores trascendentales a los que agarrarse.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s